domingo, 15 de marzo de 2020

La leyenda del maíz

En un principio, el pueblo azteca luchaba por su supervivencia ante las difíciles condiciones de su nuevo hogar. Su comida era más bien escasa, los animales que cazaban eran muy pocos, por lo que tenían que recolectar raíces para intentar satisfacer su apetito aunque fuera escasamente. Ellos sabían de la existencia del maíz, alimento sagrado que, sin embargo, se encontraba oculto tras unas enormes montañas. Sus antiguos dioses, conscientes de las penalidades que sufría su pueblo, ya habían intentado abrir una brecha entre esas montañas, más sus esfuerzos siempre resultaban vanos. No fue sino hasta la llegada de Quetzalcóatl cuando todo esto cambió. Quetzalcóatl era un dios que aunaba a su sabiduría, la perspicacia y el ingenio necesarios para resolver este grave problema. A sabiendas del esfuerzo de los otros dioses en separar las montañas, él no gastó sus fuerzas en esta titánica labor, sino que se transformó en una pequeña hormiga negra y, haciéndose acompañar por otra hormiga roja emprendió el camino rumbo a las montañas, pero el camino que conducía hacía el tan anhelado maíz no era fácil, pero el amor que Quetzalcóatl sentía por su pueblo, lo impulsó a vencer todos los obstáculos. Al fin, Quetzalcóatl llegó hasta el sitio donde se encontraba el maíz y, tomando un dorado grano entre sus pequeñas mandíbulas, emprendió el camino de regreso. Al llegar a su pueblo entregó a los aztecas aquel pequeño grano de maíz, ellos lo plantaron y cuidaron con esmero hasta que éste broto de la tierra. Desde entonces el maíz fue la base alimenticia de los aztecas, alimento sagrado que ha nutrido a las generaciones.

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