domingo, 15 de marzo de 2020

La leyenda del Sol y la Luna

Cuando el mundo aún estaba siendo formado, los dioses se reunieron para decidir quiénes serían los encargados de iluminarlo, para así no mantenerlo sumido en las tinieblas. Tecuciztécatl, uno de los dioses presentes, afirmó con arrogancia que sería él quien lo iluminaría. Todos los presentes aceptaron de buen grado, pero se necesitaba a alguien para complementará tal tarea y al no ofrecerse alguien más, los dioses decidieron decirle Nanahuatzin, un dios modesto y callado, quien aceptó tal tarea. Para llegar puros al sacrificio y ambos pudiesen ser quienes iluminaran al mundo, ambos se dedicaron a hacer penitencia. El día del sacrificio llegó y ambos debían arrojarse al fuego para completar el proceso. El orgulloso Tecuciztécatl dudo en arrojarse al fuego, lo intentó varias veces pero no se decidía, por lo que los demás dioses le pidieron a Nanahuatzin que lo intentase, éste caminó decidido hacía el fuego y sin pensarlo dos veces cerró los ojos y entregó su cuerpo. Tecuciztécatl, avergonzado por sentir miedo, se arrojó inmediatamente después de Nanahuatzin. Y así, en el mismo orden en que se arrojaron, aparecieron ambos dioses en el cielo, convertidos en el Sol y la Luna.

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